Ángela

Wild Wild Country - El país salvaje salvaje

Dirigida por Chapman y Maclain Way

Netflix. 2017

Una buena muestra de que la realidad supera la ficción es Wild Wild Country serie de 6 capítulos en la que se narran acontecimientos ocurridos cuando la secta dirigida por el gurú Bhagwan Shree Rajneesh (rebautizado luego como OSHO, supongo que para que se olvidara su relación con los terribles sucesos narrados en el documental) se establece en Estados Unidos en el año 1981.
El primer capítulo es un poco pesado, pero sirve para presentar al personaje y explicar la formación de la secta en la India.
BhagwanBhagwan, profesor de filosofía, recorrió la India durante los años 60 dando conferencias en la que criticaba las religiones mayoritarias como el hinduismo, el cristianismo y el islamismo. Preconizaba el amor libre, hablaba de meditación, de espiritualidad y esto atrajo a miles de personas, sobre todo occidentales, cuando en 1974 estableció un asram en Pune.
El enfrentamiento con el gobierno les llevó a plantearse su traslado a Estados Unidos. Es increíble ver a su mano derecha Ma Anand Shīla explicar el proceso hasta su establecimiento en Oregón. Porque a Oregón llegaron en 1981 los  Rajneeshees. Compraron un rancho de más de 200.000 hectáreas en el estado de Wasco y establecieron la comunidad Rajneeshpuram.
Aquí arranca el segundo capítulo de la serie y empieza la acción. Porque hay mucha acción, más que en una película policiaca, con unos personajes que para sí quisiera cualquier director de cine.
En principio hacían lo mismo que en la India. Los seguidores pagaban por su estancia en barracones y por las clases de meditación. Pero pronto los ponen a trabajar. Genial Ma Anand Shīla contando ese momento. Genial para el mal, eso sí ¡Qué cinismo! Tenían miles de personas dispuestas a trabajar gratis, primero 12 y luego 16 horas diarias. Esclavos felices, la perfección para cualquiera que quiera hacerse rico a costa de los demás. Así, en poco tiempo fundaron una ciudad, con barracones para sus seguidores y visitantes; construyeron carreteras, una presa, y hasta un aeródromo. Cultivaban la tierra, criaban ganado, eran autosuficientes.
Antelope, una pequeña ciudad cercana al rancho con unos 50 habitantes, la mayoría jubilados que se habían retirado allí para llevar una vida tranquila, se ve alterada con la llegada masiva de personas vestidas de rojo, el color de la secta, que cantan, bailan, se ríen sin parar y los incomodan con su facilidad para mantener relaciones sexuales en cualquier lugar y momento. Tienen miedo. Cuanto más pequeña es una población, más difícil es que acepten al nuevo, al forastero. Integrarse en una pequeña población es muy difícil. El problema es para el recién llegado.

Pero si no llegan uno ni dos, sino mil o dos mil, o quince mil el problema lo tienen los vecinos. Y si encima las costumbres o las creencias de los nuevos no tienen nada que ver con las de los antiguos, el problema se multiplica. El mundo que conocían desaparece.
Así es que comienzan los problemas con los vecinos; quieren que se vayan los que trastocan su vida, y la respuesta de Ma Anand Shīla es de nuevo genial. ¿No querías caldo?, pues toma dos tazas. Compran las casas a los vecinos que no quieren vivir allí en esa situación y ganan las elecciones por mayoría. Ya tienen alcalde y el control de la ciudad, a tal punto que hasta le cambian el nombre, y el de todas las calles, claro; dirigen el colegio público, tienen su propia policía. En fin, se hacen con el poder.
ShilaYa son famosos en todo el país. Y Ma Anand Shīla es el personaje principal. El desparpajo de esta mujer es impresionante. Está permanentemente dando entrevistas en televisión. De la meditación a la televisión no hay más que un paso, piensa. Porque Bhagwan ni aparece. Había decidido no volver a hablar y sólo se comunicaba, eso sí a diario, con Shila; él ordenaba y ella ejecutaba las órdenes. Ante las cámaras de televisión amenazan con controlar el estado de Wasco. Para conseguirlo recorren parate de Estados Unidos recogiendo a todos los mendigos que encuentran para empadronarlos y que puedan votar. Como no les sale la jugada, después de decirles aquí tenéis un hogar, os queremos, los sueltan en las calles, los dejan abandonados en bancos, en parques, en cualquier lugar y si te he visto no me acuerdo. Pero no se quedaban sin ideas. Decidieron envenenar a la población para que no pudieran ir a votar. 750 personas fueron contaminadas por salmonela que prepararon en su laboratorio. No se les pudo culpar en ese momento pero se comprobó posteriormente que habían sido ellos.
El disparate va in crescendo. Los que hablan de amor, paz, buen rollo, compran armas que dicen que van a utilizar si los atacan. Preparan atentados contra el gobernador que no llegan a ejecutar.
Lo curioso es que, al final, la guerra se produce entre ellos. Se habían formado dos grupos dirigentes: los seguidores de  Bhagwan Shree Rajneesh y los de Ma Anand Shīla. Los ojos vacuos de Bhagwan cuando acusa a Shīla de todos estos atropellos dan miedo.
Y a todo esto, ¿qué hacen los Rajneeshees? Cantar, bailar, reir, se ríen mucho, hacer “terapias” en las que hay golpes, gritos, locura. Y sexo, mucho sexo.  Pero, sobre todo, trabajar gratis para este tipo y quedarse embobados cuando se pasea entre ellos en sus Rolls Royce (tenía más de 20), con sus anillos de diamantes y relojes de oro.
¿Cómo es posible que personas que han estudiado en la universidad, que han formado una familia de clase media y alta, lo dejen todo y se dejen esclavizar por estos miserables? ¿Por qué la irracionalidad se generaliza? Porque la irracionalidad implica irresponsabilidad. Y se vive mejor irresponsablemente. Que se ocupe el gurú (aunque sea un canalla), de organizarme la vida. Yo quiero vivir alegremente, se dice el sectario. Dentro del grupo se siente protegido. Y por aburrimiento, no soportan la rutina de su vida acomodada. Porque la rutina del trabajo de esclavo la aguantan con una sonrisa en los labios. La mayoría ni se se enteraba de los tejemanes de sus dirigentes. Hay que ver las caras de desconcierto cuando la guerra entre los jefes estalla.
En el documental se ven pocos niños. Noa Maxwell  al que cambiaron el nombre por el de Swami Deva Rupam, cuenta  en una entrevista a The Guardian que nada más llegar los separaron. Mandaron a un sitio a su padre y a otro a su madre y a él lo llevaron al cobertizo de los niños donde prácticamente estaban solos. A los diez años, cuando su madre decidió salir de la secta, no sabía leer, ni escribir, ni sumar más de dos y dos. La primera responsabilidad es la de los hijos, pues es la primera que se quitan de en medio. Yo necesito mi tiempo libre para cantar, bailar, meditar, espiritualizarme, se dice el sectario. Y eso lo hace buena gente, gente que hasta el momento de llegar allí había cuidado a sus hijos con todo el amor del mundo.

Volviendo a la serie, los personajes no tienen despercicio. Bhagwan el siniestro escondido tras la loca de Shīla, el médico con cara de asesino en serie, el cínico del abogado, la boba que se chupa 10 años de cárcel... y todos ellos rodeados de miles de sonrientes esclavos felices repitiendo paz y amor. ¡Lo que hay que ver!

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