Ángela

Este artículo tiene ya sus años pero releyéndolo me parece tan interesante o más que en su momento. Eliseo Bayo hace una descripción del intelectual al servicio del poder, centrándose en el poder destructor del imperio británico. Magnífico artículo de una de las personas más interesantes que he conocido. Brillante periodista, escritor conocedor como pocos de los entresijos del poder desde dentro. Estoy esperando sus memorias. Serían mucho más interesantes que cualquer novela de intriga.

De cómo el intelectual triunfante devoró al intelectual rebelde
Eliseo Bayo

(7 de noviembre de 1939 Caspe, Zaragoza)
Eliseo BayoSin que el siglo haya podido ponerse de acuerdo sobre la definición de la cosa, la cosa ha muerto. Su reinado ha sido efímero y terrenalmente glorioso, es decir muy próximo al espejismo. A lo largo de más de cien años de barricadas y de tinta roja y negra se discutió cuál fuere la naturaleza del intelectual, cuál su función social y cuánto el peso de su proclividad a las traiciones de derecha y de izquierda. Tras más de dos siglos de militancia activa el intelectual rampante exhibe con sus harapos lo único que hay de verdad en la bodega de Darwin: la adaptación de los desalmados y la capacidad de los mediocres de mala intención para triunfar sobre especies más antiguas, a condición de no tener un estómago demasiado escrupuloso. En la trastienda de la historia, en el territorio de los fósiles que un día serán rescatados del hambre y del insomnio, permanecen las víctimas de tan bárbara fagocitación: los poetas de la alucinación clarividente, los creadores de sinfonías para orquestas inexistentes, los pintores que jamás entregaron a tiempo un cuadro porque una vida es poco para entender el secreto y la antigüedad de los colores, los periodistas que jamás comentaron una mala noticia, los cronistas que nunca salieron de su casa, los revolucionarios que no quieren cambiar el mundo y los maestros que no aspiran a ganar concursos. El intelectual triunfante ha devorado al intelectual rebelde, en un empeño por demostrar que efectivamente el pez grande se come al chico, que el rico epulón jamás se levantará de la esa mesa para ceder su puesto al mendigo y que se permite la existencia de los violinistas, de suelas de zapato gastadas y de cuello de camisa raído, para que diviertan a los comensales de los salones reservados. El arte fino al servicio de la glotonería. Esa es la verdadera muerte del Arte porque tal fue su naturaleza. Al intelectual exquisito se le reservó el privilegio de erigirse en conciencia de lo inerte y de lo nebuloso, de las sociedades que avanzaban en la historia con su sopor darwiniano. Si estaba llamado a destronar a Dios, lo menos que debía hacer era atiborrarse de soberbia: el único alimento que engorda a la vez el cuerpo y el alma. Es cierto que nadie le regaló tan privilegiada situación, sino que la consiguió a riesgo de perder el cuello en la guillotina a manos no de sus enemigos de clase, sino de sus camaradas, pues es preciso adelantarse a decir que el martirologio de los intelectuales es asunto de familia. La recompensa de la gloria y el poder vendría en seguida.


Si el intelectual siempre ha sido conspirador por empeño casi patológico, hizo su aparición pública como casta con la Revolución Francesa, aquel invento de los ingleses para detener el arrollador proceso científico-técnico que había convertido a Francia en primera potencia industrial del mundo. Los enciclopedistas habían sido larga y generosamente financiados por los círculos aristocráticos-feudales de Londres, tan anticristianos como antirrepublicanos, dueños de la usura y de los suburbios industriales, a través de aquel enclave fuera de toda ley internacional llamado sistema bancario suizo. Los talleres literarios de la época, incluidos los exquisitos salones de Madame Stäel tenían un tufillo demasiado apestoso a lo que hoy se llama corrupción política y tráfico de influencias y sus correveidiles más notorios, como Voltaire y Robespierre, cobraban en libras inglesas para desacreditar el sistema político de sus paisanos. El amarillismo, el periodismo político, el “calumnia que algo queda”, la tergiversación histórica, la arbitraria elección de temas para la novelística en el estercolero de las conductas anormales, el psicologismo materialista, hicieron su aparición entonces y se justificaron por la finalidad a la que aspiraban: destruir el orden basado en las creencias tradicionales y borrar el eslabón de oro que conducía a las civilizaciones antiguas. No hay nada peor que un filósofo convertido en periodista.
En un tribunal revolucionario de París en el que se juzgaba la conducta de un aristócrata, se dijo de él que tenía por costumbre -cuando salía a cazar en invierno-, calentarse los pies metiéndolos entre las tripas de un campesino desvicerado para el efecto. Y si no lograba entrar en calor, mandaba que destriparan también a la mujer del plebeyo. La historia del marqués era evidentemente falsa, pero permaneció en los relatos históricos, mientras que el oprobio y la miseria económica en el que vivieran los europeos de las libertades burgueses, siendo auténticos y causados por éstas, pasaron por inevitable tributo de la transición a un modo de producción superior. Curiosamente el auténtico género literario de las utopías no lo inventaron intelectuales y clérigos sensibles, sino revolucionarios profesionales quienes sentenciaron que para llegar al paraíso terrenal de la utopía había que pasar por el infierno de la disciplina revolucionaria y por el máximo enriquecimiento de los explotadores. La función del intelectual triunfante fue precisamente la de oscurecer las propuestas utópicas que se habían transmitido de generación en generación por la gente de más noble memoria y sustituirlas por otras que nunca se cumplirían. A las míseras masas campesinas de India y China, lo mismo que a las turbas proletarias de Alemania, de Rusia y  de España, el consejo estratégico de Marx no era que se sacudieran el yugo de la usura y del imperialismo, sino que esperaran a que las condiciones de un superior desarrollo de las fuerzas productivas las prepararan para el salto cualitativo hacia la sociedad socialista. Hubo algo ciertamente más escandaloso que no suele divulgarse: el Siglo de las Luces oscureció el conocimiento antiguo. La libertad de expresión condujo a la menos comentada de las más salvajes de las censuras: la desaparición de miles de libros que contenían conocimientos antiquísimos y que hoy constituyen la oculta cara de la luna de la ciencia. El científico se convirtió en soldado depredador: al igual que los ejércitos de la revolución arrastran putas y cantineras, los ejércitos imperialistas llevan antropólogos saqueadores y profanadores de tumbas para volver a casa con el trofeo de culturas antiguas. Y lo grave no son los museos donde cara al público se comercia con el sacrilegio de exhibir la muerte gloriosa de los antepasados, sino los sótanos donde se amontonan y deliberadamente se pudren los testimonios de épocas más esplendorosas que la actual.
La estética debía estar al servicio de lo incendiario, dramáticamente el siglo de la razón fue la muerte de la Razón y de la Verdad que no habría de sobrevivir ni disfrazada de mentira. Aquella experiencia dio un buen resultado y animó a sus inventores a repetirla en casa y en todas partes. Los servicios secretos descubrieron la fuerza de choque de los intelectuales, más demoledora que la de los cañones  e impusieron la moda de captarlos, de forma que no sería posible explicar los acontecimientos más importantes del siglo XIX ni los del XX sin mencionar la primerísima participación que en ellos tuvieron los intelectuales. Ellos mismos se encargarían de machacar a aquellos otros miserables intelectuales de las buhardillas y de los sótanos empeñados en soñar por su cuenta episodios de belleza y liberación. Malthus, Darwin, y Adam Smith, por sólo citar a los más insignes dinamiteros de la estabilidad social, científica y económica engrandecieron el Imperio y sentaron las bases ideológicas para justificar el empleo de la política de la cañonera. Antes de llevar los ejércitos imperialistas a India, China y África, donde se dedicaron a borrar y tergiversar las tradiciones antiguas, incendiaron Europa y crearon un fantasma  para que la recorriera a sangre y fuego. Ese fantasma acaba de morir ahora, un siglo después de su animación en los laboratorios frankesteinianos de los caballeros del amanecer dorado. Adam Smith recibió instrucciones de Lord Shelburne para destruir la economía y los proyectos autonómicos de las colonias inglesas de Norteamérica. La carrera de Adam Smith se desempeñó simultáneamente para la compañía de las Indias Orientales y al Servicio Secreto de Inteligencia (SIS), tuvo como superiores y mentores a David Hume (de las oficinas del SIS de Edimburgo) y a Lord Shelburne , quien además se ocupaba de manipular al utilitarista Bentham y a Pitt. En cumplimiento de la tarea que le encargó el Lord, Adam Smith escribió “La riqueza de las Naciones”, un panfleto dirigido tanto contra las ideas economistas de Benjamin Franklin como contra las tendencias transformadoras francesas. El famoso ensayo del clérigo Malthus fue escrito por encargo de la oficina de las Indias Orientales para lavar la mala conciencia que el sistema colonial estaba despertando en algunos círculos ingleses, hipócritamente alarmados pro al gestión político-comercial de la East India Company. Lo mismo que un siglo después, los neomalthusianos crearían al “Club de Roma”, el “Population Crisis Committee”, la Fundación Draper, la “Global Tomorrow Coalition, el "Institute for World Order", el “European Group for Ecological Action, el “Bohemian Grove, la “Geneva Association” y el Tavistock Institute, entre otras sutiles y discretas organizaciones, para justificar la desindustrialización, la despoblación mundial y el trote metálico y destructor de los Cuatro Jinetes sobre el continente africano, como un ensayo para la posterior intervención en el continente al sur del río Bravo.
Por las mismas redes de inteligencia estuvo protegido Darwin, para que cumpliera su tarea de crear una estructura científica capaz de premiar al pesimismo y arrojar a Dios de la historia y de la naturaleza. Desde entonces, ni uno sólo de los grandes intelectuales ingleses, entre los que cabe mencionar a H.G. Welles, Toynbee, los Huxley y Bertrand Russel, dejó de pertenecer al Departamento de Guerra Psicológica del Foreign Office. Este Club de los intelectuales, agrupados en asociaciones herméticas, pasaría a dominar cada uno de los gabinetes ministeriales conservadores y laboristas hasta las postrimerías del siglo XX. Este grupo, con sus obedientes colaboradores en otros países, galardonados muchos de ellos con el Premio Nobel, alentó las condiciones que habrían de conducir inexorablemente a la Primera Guerra Mundial, para exterminar las familias monárquicas que, como la de los Romanov, reinaban sobre inmensos territorios en los que se guardaba el recuerdo y la tradición de episodios históricos antiquísimos, hoy completamente aniquilados; impulsó, a través de sus intelectuales revolucionarios, el experimento del trabajo forzado a gran escala, del lavado de cerebro y de la creación de generaciones desprovistas de los reflejos condicionados de la vida familiar y afectiva; creó una jerarquía de científicos carente del respeto inercial a la naturaleza y amplificó sus supuestos méritos para convertirla en vanguardia de la ciencia mundial; dominó y determinó los resultados de la paz de Versalles para completar el ciclo de la revolución; puso a Hitler en el poder mediante una operación cuya publicidad hoy permanece todavía embargada; lanzó la Segunda Guerra Mundial; desvirtuó los movimientos de liberación nacional y los condujo a la victoria para humillar definitivamente a las poblaciones supuestamente emancipadas; impuso la guerra fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética  para manejar a los países con el chantaje del terror nuclear; al mismo tiempo lanzó el movimiento antinuclear con la Operación Dropshot, de Bertrand Russell, para impedir la expansión de la creación de energía por sus fuentes más eficientes; fue el cerebro de la operación Philby, con la que se inició el amplio fenómeno de extorsión a la clase política que acabaría por postrar a Europa  en el pesimismo y en el fatalismo; lanzó la contracultura , el “sonido de Liverpool”, el arte perverso, el ecologismo y los movimientos de la nueva izquierda en la década de los sesenta; manejó la “detente” en la de los setenta;  en la de los ochenta llevó a cabo la política de genocidio global impulsado por el Presidente Carter, cuyos efectos catastróficos son más que evidentes hoy. Inició la década de los noventa con la explosión en cadena de sus muchos experimentos,  que augura sombríos aconteceres: al liberar el genio encerrado en la botella de la URSS lo que se ve no es otra cosa que oleadas de pueblos moviéndose para la destrucción, llevando en la peana no ya imágenes de la revolución mundial sino las armas nucleares de la aniquilación. La lucha de clases da paso a la lucha de razas, uno de cuyos escenarios es la guerra comercial mundial.
El Club, con la incorporación de nuevos y exquisitos miembros procedentes de la intelectualidad de otros países, ha manejado la política exterior ajena, especialmente la de Estados Unidos, de la misma manera que la Banca de la City dicta sus órdenes a todo el mundo financiero. Si el objetivo de este grupo era desintegrar Occidente, como se deduce del paso a paso de su estrategia global, no cabe duda de que ha sido sumamente eficaz. He aquí lo que el grupo diseñó, en la década de los setenta, para antes del final del siglo XX: el sistema de superpotencias quedará colapsado, para ser reemplazado por una proliferación global de potencias dotadas de armamentos sofisticado, en algunos casos nuclear; el principal teatro de la guerra se situará en los países en vías de desarrollo y requerirá una capacidad convencional y móvil, con bases en los lugares de conflicto; habrá un importante número de guerras regionales en que no estarán implicadas sólo las superpotencias; proliferará el terrorismo mundial; la recesión económica requerirá un sucesivo recorte de los programas de inversión para la defensa. Lo curioso es que los intelectuales han sido la pieza fundamental de la máquina demoledora y que esta no ha derribado los muros de la injusticia, sino que los ha dejado intactos. Con ello se demuestra su fidelidad a los orígenes y que no era aquel objetivo el que se pretendía. No la liberación, sino la esclavitud. No una nueva patria, sino la de los viejos privilegios.
Es triste reconocer que el intelectual europeo de la época fue simplemente un conspirador mercenario. Mazzini amamantó a Marx y éste, con el pretexto de dar un vuelco a la sociedad, definió lo que era el capital pero, pequeño detalle, se le olvidó hablar de la usura; llevó la revolución a Francia y a Alemania, a España y a Rusia, territorios todos ellos industrial y económicamente rivales de los intereses de la City, pero mantuvo la paz social en Londres. Ni uno de aquellos sueños de liberación se realizó. Al contrario, la pobreza ha ido aumentando, extendiéndose la esclavitud y esfumándose las posibilidades de hermandad de los oprimidos.
Exportar o importar la revolución se convirtió en una apasionante profesión del intelectual, alejado de las servidumbres de otros empleos. Los intelectuales rampantes fueron la pieza fundamental de la máquina demoledora y ésta no derribó los muros de la injusticia, sino que los ha dejado intactos. Los intelectuales rebeldes fallaron en su intento de transformar la realidad, más oprobiosa cuanto más se extendían las libertades a partir de las revoluciones del siglo pasado. ¿Dónde estaba el error? En acercarse al poder, incluso para combatirlo. En intentar destruirlo, cometiendo así una imperdonable falta de confianza en las leyes del destino y del apocalipsis. Aquellos intelectuales combatientes, deslumbrados o amedrentados por  los círculos del poder, se convirtieron en seguida en casta privilegiada en los países en que triunfó la revolución y el resultado fue que se aniquilaron a sí mismos y aniquilaron la capacidad transformadora del Arte. Aquellos otros que vivieron extramuros de la revolución deambulan eternamente soñando en una revolución imposible que para ellos se traduce en ser un poco más cínicos cada día, más escépticos y más encerrados en su tribu. Antes del fracaso de la revolución, los intelectuales se escudaban en ella para brillar en los salones y amedrentar a sus empleadores. Ahora les corroe una inseguridad mayor: les queda la palabra, pero sin nada dentro. Verdaderos huérfanos, sólo se salvarán del delirio cuando descubran y se atrevan a decir al contemplar la caravana de los reyes desnudos, que los intelectuales triunfantes hicieron del siglo XX el menos glorioso de cuantos se ha sucedido hasta llegar a él: una ciencia vana y megalómana, un arte descuartizado y enfermizo, una esclavitud financiera, una juventud desmoralizada y floja, una ancianidad glotona y bulliciosa temerosa de la muerte, un planeta autosepultado por miles de millones de toneladas de desperdicios, una peste que avanza con su carro de muertos en medio de la complacencia de sus portadores ocupan el final de un siglo que empezó amontonando millones y millones de cadáveres sobre los campos de la guerra, los campos de concentración y los campos abiertos del genocidio programado, todo ello a los acordes de una música sólo apta para excitar a las fieras.


El Búho (Excelsior), 23 de mayo de 1993

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