Ángela

Los niños del pegamento

Tiene unos catorce o quince años. Está sentado en un banco, solito, al llegar a su altura el perrito se le acerca, yo tiro un poco de la correa y él sonríe.

-Es muy pesado

- No español

- Parles français?

- No. Árabe

Más bien con gestos le digo que aprenderá español poquito a poquito. Él asiente con la cabeza mientras sonríe.

Le hago un gesto de despedida y según me giro para continuar mi camino, oigo: “mesa, maestro”.

Me vuelvo hacia él y al tiempo que levanto el pulgar, casi gritando le digo “¡¡¡bien, muy bien!!! y el niño con cara de ángel me responde sonriendo “gracias”.

Continúo mi camino para que el niño no vea mis lágrimas. ¿Qué va a ser de ese niño bueno perdido en un mundo totalmente ajeno a él? ¿Lo habrá empujado su familia a venir? ¿Se habrá escapado animado por sus amigos? No sé. Estos son tiempos raros. Ni siquiera en tiempos de guerra los niños han salido en masa solos, sin familia, sin adultos que los protejan. ¿Qué tipo de migración es esta? ¿Por qué se abandona a los niños a su suerte? A su desgracia, más bien.

Porque es una desgracia salir de su casa sufriendo todo tipo de calamidades para acabar en un centro de menores. Y no es el único. En el centro de menores del barrio (Centro de Primera Acogida Hortaleza) se hacinaban hasta hace nada, según la prensa, unos 130 niños, la mayoría marroquíes, en un centro que tras una ampliación realizada en el verano, tiene capacidad para 55 niños. Hace un par de meses las televisiones se turnaban en la puerta, haciendo reportajes sobre su situación tras las denuncias de los vecinos. Para algo sirvió. Tras la exposición televisiva han trasladado a muchos de ellos a otros centros mejor preparados para largas estancias, pero siguen llegando otros nuevos de Senegal, Camerún,  Mali… cada vez vienen de más lejos.

La mayoría de los niños van a clase, juegan al fútbol en el patio, se ríen entre ellos; llevan una vida más o menos normal teniendo en cuenta donde están, pero algunos son muy conflictivos. Están todo el día en la calle, roban, se acercan en muchas ocasiones de forma agresiva a los vecinos que se sienten amenazados por ellos, sobre todo por los niños del pegamento. Durante todo el día deambulan por el barrio unos 10 o 15 niños, que inhalan permanentemente pegamento o disolventes en bolsas de plástico. Suelen ir de dos en dos, o en grupos de 4 o 5, y a veces solos. Es terrible verlos tambaleándose, con aspecto cetrino, sin quitarse de la nariz ni un segundo esas bolsas que les están minando la salud, física y mental. Tanto el disolvente como el pegamento contienen varias sustancias tóxicas, generalmente incluyen tolueno, xileno, benceno, entre otros hidrocarburos. La intoxicación con estas sustancias se asocia a diversas alteraciones, tales como hipocalemia con debilidad muscular, acidosis metabólica grave, alteraciones neurológicas, renales, gastrointestinales y electrolíticas entre otras.

Estos niños no deberían estar en este centro (en teoría deberían estar unos días hasta que se les envía al centro apropiado, pero los días se convierten en muchos casos en semanas y meses) deberían estar en un centro de rehabilitación, desintoxicándose de este veneno que pueden comprar en cualquier sitio. Son menores y por lo tanto las instituciones tienen que poner todos los medios para su recuperación, y en este tipo de centros no es posible. Necesitan atención médica y psicológica específica para drogodependientes.

Mientras escribo esto, he salido un momento para pasear a Calcetines en su última salida del día. Son las 9,30 de la noche. Al acercarme hacia los cubos de basura un niño delgadito que no llega al metro y medio de altura, sale de la oscuridad y pasa junto a mí. Me ha mirado, pero no me ha visto. Tiene la mirada perdida. Lanza una exclamación, una especie de grito apagado o un quejido, como si estuviera viendo algo o a alguien que no le agradaba. De repente se para a mirar fijamente la luz de un portero automático, y por fin, con pasos erráticos, consigue enfilar hacia la puerta del centro ¡Qué lástima!

Lástima y miedo. Las personas mayores tienen miedo cuando los ven acercarse porque los robos se suceden y las víctimas propiciatorias son las señoras mayores. Estos niños son una bomba de relojería, pueden ponerse violentos repentinamente y no hay manera de hacerlos entrar en razón, porque ni siquiera saben lo que hacen. Crean muchos problemas en el barrio, y dentro del centro. La gente del barrio tiene miedo, pero los niños del centro también.

El responsable primero de estos niños es Marruecos. Si son capaces de pasar tantas penurias para llegar aquí, es porque en su país los han abandonado. Estos niños tendrían que estar en el colegio, con su familia, preparándose para trabajar. Marruecos no es un país en guerra, ni tampoco un país en extrema pobreza; las diferencias económicas y sociales sí lo son.

Pero España también es responsable, aunque sea en segundo lugar. Ya están aquí, y por lo tanto hay que atenderlos. La Comunidad de Madrid destina anualmente 13,9 millones de euros para atender la llegada de menores no acompañados a la región. Si no es suficiente, que el  gobierno le pida responsabilidades al gobierno marroquí, e incluso la aportación económica necesaria para su educación, pero en ningún caso podemos darnos por vencidos o en muy poco tiempo estarán perdidos del todo.

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