Ángela

29-5-2020

Desde mi guarida

La falacia del consumismo

Desde mi guarida he visto, oído, leído, en televisión, radio, prensa, entrevistas diversas en las que no ha faltado “la pregunta”: ¿Qué ha aprendido de este confinamiento? Salvo excepciones (nada, no he aprendido nada; que se está mejor en la playa…) todos han contestado lo mismo con pequeñas variaciones: que tenemos que plantearnos otra forma de vida o que tenemos que cambiar nuestro sistema de vida; que hay que cuidar el planeta; que hay que acabar con el consumismo, y otras respuestas  más o menos similares, como si un virus fuera el resultado de nuestra manera de vivir, cuando es todo lo contrario. Las epidemias de todo tipo nos han acompañado desde que el mundo es mundo, y en todo caso, desde mediados del siglo XX hemos conocido muy pocas en los países más desarrollados y han afectado a mucha menos gente porque las condiciones higiénicas y sanitarias han mejorado muchísimo. En los países menos desarrollados las epidemias siguen apareciendo porque las infraestructuras (canalizaciones de agua y hospitales fundamentalmente) son muy limitadas y los medios para combatirlas muy precarios.

pobresenlafuenteEn los países desarrollados no es que hayan desaparecido todas, es que se controlan mejor. Las epidemias de cólera, la malaria y otras han desaparecido, pero sigue mostrándose con fuerza todos los años la de gripe. Ya señalamos en un artículo anterior que la gripe produjo sólo en España 15.000 muertos en 2018 y nadie se había enterado, salvo los sanitarios.

Entonces ¿por qué el coronavirus hace que mucha gente diga que tenemos que replantearnos nuestro sistema de vida?, ¿qué ha pasado para que la irracionalidad se haya apoderado de una gran parte de la población? La propaganda masiva desde todos los medios de comunicación es bastante responsable de esto. Durante meses hemos tenido hasta en la sopa a una niña con problemas de autismo acusándonos de destruir el mundo con nuestra mera existencia. Tenemos calefacción en las casas, tenemos coches, comemos carne y todo eso es destructivo. Una niña no tiene capacidad para difundir “sus ideas” a todo el mundo. Son los grandes medios de comunicación, al servicio siempre del poder, los difusores de sus diatribas contra el mundo occidental, porque de eso se trata: de atacar a los países desarrollados en los que la mayoría de la población vive por encima del nivel de pobreza. A las poblaciones de países más pobres lo que diga esta niña les importa un pimiento. Viven o mueren como pueden.

Nos machacan continuamente con el consumismo, que según sus gurús es igual a la destrucción del planeta. Cuando hablan de consumismo ¿de qué hablan? Porque la inmensa mayoría de la población en los países desarrollados vive  con lo justo: depende  de unos ingresos bajos tanto los trabajadores como los que tienen pequeños negocios, que les permite,  como mucho, pagar una casa durante 30 o 40 años, o un alquiler cada día más alto, comprar la comida, pagar la luz, el agua, pagar el colegio de los niños, y tener un coche que a veces hay que dejarlo a final de mes en casa porque no queda para pagar la gasolina. Si queda algo, quizás se puedan ir unos días de vacaciones a la playa o a la casa del pueblo. ¿Cuál es el consumismo de todos ellos? ¿Una cerveza al salir del trabajo? ¿una falda en Zara o en las tiendas chinas? ¿Un móvil para el niño por su cumpleaños? ¿Eso es consumismo? Menos porcentaje de población puede pagar una casa mejor, pagar sus gastos, ir al teatro, a restaurantes  y en vacaciones puede viajar a otros países y alojarse en hoteles más o menos caros. También hay una clase media alta con ingresos que les permite tener mejores casas, mejores coches, incluso yates, pero el porcentaje de población es mucho más bajo. Y luego están los ricos, claro.

Lo curioso es que este mensaje del consumismo ha calado en todos los grupos sociales, como si el nivel de consumo de ricos y pobres fuera el mismo.

Los ideólogos de consumismo son los neomaltusianos. ¿Qué dicen los nuevos maltusianos? Que no es posible que todos los habitantes de nuestro planeta puedan alcanzar algún día, el mismo nivel de vida de los países más desarrollados, porque no hay suficientes recursos en la Tierra. Esto ya lo decía Malthus a finales del s.XVIII, y para controlar la población proponía mantener a los pobres en su pobreza, no había que mejorar sus condiciones de vida, todo lo contrario. No había que poner alcantarillado en los barrios pobres para provocar epidemias y que murieran por miles; las guerras eran otro medio para acabar con la población, según este benefactor de la humanidad.

Los nuevos maltusianos no lo plantean así. Dicen que la culpa de la pobreza en los países menos desarrollados es nuestra. La culpa de que no tengan agua corriente es porque nosotros la tenemos; de que no tengan hospitales es también culpa nuestra porque nosotros tenemos coches. O sea, la culpa de los países menos desarrollados no es de sus gobernantes ineptos y corruptos, ni de los explotadores de las grandes empresas internacionales que les roban sus materias primas; no, la culpa es del ciudadano occidental que conduce un coche que paga él, al que echa gasolina que paga él, que tiene aire acondicionado que paga él con su trabajo. Estos maltusianos pretenden igualarnos a todos generalizando la pobreza. No pretenden que los países más pobres mejoren su economía y los ciudadanos vivan al menos como los ciudadanos de los países más desarrollados. Hablan de economía sostenible, de consumo sostenible que quiere decir que sólo produciremos y consumiremos lo mínimo para mantenernos.

Mira por dónde, el coronavirus ha venido a ayudarles en su cruzada contra Occidente, la pobreza se va a instalar entre nosotros no sabemos hasta cuando. Los que hasta ahora tenían su trabajo, mejor o peor remunerado; el autónomo que vivía más o menos bien a cambio de trabajar más horas que nadie, el jubilado que iba a Benidorm o a Palma de Mallorca en invierno, todos ellos van a ver sus ingresos menguados y su nivel de vida por debajo del nivel de vida. Una desgracia para todos, menos para estos tipos que defienden el fin del consumo, que no consumismo.

Pintura: Mujer con dos muchachos en la fuente (también llamada “Los pobres en la fuente”) Francisco de Goya . Entre 1786-87.

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