Mercedes

Incomunicados

Marta me lo pedía una y otra vez:

-Mamá, yo quiero una hermanita, todas mis amigas tienen hermanos.

Ella no sabía que ya hacía dos años que estábamos intentando darle un hermano, pero no llegaba.

Cuando cumplió diez años, por fin llegó Roberto. De momento se llevó una gran desilusión. Ella quería una niña, para jugar y cuidarla, pero enseguida se hizo a la idea y quería a su hermano con toda el alma. Hablaba mucho con él, pero lamentablemente él empezó a hablar muy tarde, casi con tres años.

Al cumplir los trece los abuelos regalaron a Marta su primer móvil. A mí no hacía gracia, pero todos me decían que era lo normal, que sin móvil, los adolescentes no hacen amigos y se quedan aislados.

Pero desde el primer momento vi que no había sido una buena idea. Marta no dejaba el puto móvil ni un momento durante todo el día. Lo primero que hacía por la mañana era conectarlo y lo último por la noche apagarlo. En realidad, la mayor parte de las noches no lo apagaba porque decía que se dormía mejor escuchando audiolibros. Empezó a tener malas notas y a alejarse de nosotros. Perdió todo el interés por su hermano, ahora que el crío había empezado a hablar. Marta nunca se dirigía a él. Nunca. Algunos pensaréis que exagero, pero los que tenéis hijos adolescentes en la actualidad me entenderéis. Naturalmente, le prohibimos utilizarlo durante la semana y se lo dejábamos sólo el viernes por la tarde hasta el domingo por la noche, pero eso la enfurecía tanto que en algunos momentos se volvía muy agresiva, especialmente con su padre, que era más vulnerable porque adoraba a su niñita y no comprendía ese cambio de personalidad. Así que se lo dejaba siempre a cambio de una promesa (“si estudias esta tarde dos horas te de lo dejo una horita antes de dormir”) que ella, si la cumplía o no, no podíamos saber porque siempre cerraba su habitación por dentro reclamando su derecho a la intimidad. Y nosotros no nos atrevíamos a entrar para no provocar una reacción, si no violenta, muy antipática y desagradable.

Alejandra C

Una muerte ridícula. La gallina

La  suya era una casa de puertas abiertas. No había manera de mantener una cerrada, porque su perrito la perseguía por toda la casa. La puerta del dormitorio tenía que estar abierta porque el perrito dormía en la cunita al lado de su cama y por la noche se levantaba a beber agua y durante el día entraba a echarse una siestecita de vez en cuando. La de la cocina porque el perrito entraba a ver conseguía algo de comer cada vez que veía movimiento, incluso si no lo había, por si acaso había caído algo al suelo. Si entraba al baño, ahí estaba él, tumbado en la alfombrilla que utilizaba cuando salía de la ducha, pero si le caía algo de agua se iba corriendo y no era plan de salir de la ducha para abrirle la puerta. Total, que no había manera de mantener una puerta cerrada. Ya se había acostumbrado y no las cerraba nunca, ni siquiera cuando su perrito pasaba el mes correspondiente en casa de su ex marido. Eran muy civilizados, un mes en casa de cada uno. A rajatabla.

lagallinaEl problema eran los portazos cada vez que se abría una ventana. Unos portazos  que la pillaban desprevenida y la sobresaltaban.  A veces se cerraban todas a la vez y el zambombazo era estrepitoso.

Les ponía lo que pillaba para sujetarlas,  pero buscaba algo bonito y buscando buscando, por fin lo encontró. En un  mercadillo vendía una señora animalitos de tela rellenos de arena hechos justo para eso. Le gustaron las gallinas. Las ocas eran demasiado altas. Se fue tan contenta a su casa con media docena de gallinas. La casa se convirtió en un gallinero muy colorido. Menos mal que no piaban, porque la escandalera habría sido mayúscula.

Ruido no hacían, pero se movían como Pedro por su casa. En cuento habrías una puerta te encontrabas con una gallina. Le daba una patadita y volvía a su sitio, pero siempre había alguna en medio.

Ese día no la vio. Tropezó con la gallina, y ¡zas!, la primera en la frente, literal. Cayó todo lo larga que era. El porrazo no fue descomunal, el problema es que salía con un vaso en la mano y al romperse se clavó uno de los trozos en el cuello. Consiguió a duras penas medio levantarse, pero se escurrió con la sangre que le salía a borbotones y ... ¡zas!, la segunda, también en la frente. Allí tumbada con la gallina mirándola fijamente con su ojo redondo, pensaba en lo ridículo de la situación.

Carta de una rica a Carmena

Querida Carmena:

¡Cuánto siento que te hayas ido! Te escribo estas líneas para darte las gracias por todo lo que has hecho por mí. ¡Qué pena, con lo bien que me iba contigo! Has cambiado mi vida. Vivía, se puede decir, exiliada en La Moraleja, hasta que tú decidiste eliminar de un plumazo los obstáculos que me impedían disfrutar de Madrid. Con lo que a mí me gusta salir de compras, ir al teatro, a comer con las amigas, pasear por la Gran Vía, y no me quedó más remedio que irme a vivir a La Moraleja, lo más cercano a un cementerio que conozco. Bueno, hay cementerios muchos más divertidos que La Moraleja. ¡Qué soledad! Sólo podía salir con mi chófer, con lo que a mí me gusta la libertad (teniendo en cuenta que lo paga mi ex, imagínate. Aunque le sale barato: chófer e informante por el mismo precio). Enclaustrada llevo más de 20 años. La ciudad se había convertido en un infierno con tanta contaminación, tanto ruido de coches, con lo ecologista que soy yo y amante de la vida sana. Y llegaste tú, tan comunista, arropada por esos niños tan monos (Errejón me encanta, qué pijo tan bien educado), y en un plis plas todo arreglado.

Según te escribo, levanto la cabeza y desde la terraza de mi ático veo esta magnífica ciudad con sus tejados rojos, las cúpulas que sobresalen por encima de los edificios, su cielo azul. Imponente. Y abajo la gente paseando por esas grandes aceras sorteando a los manteros, que le dan ese punto tan exótico, vendiendo bolsos. Algunos he comprado, que como soy rica todos piensan que son de verdad. Es lo que mejor que tiene ser rica: haces lo que te da la gana. Y  me ahorro un montón de pasta porque nadie duda de que sean de verdad, y aunque alguna se dé cuenta no dicen nada porque vete tú saber los que han comprado ellas.

Alejandra C.

Los nombres
Habían elegido la vida natural para sus hijos, la vida sana, la tranquilidad, huían de la destrucción del mundo. Habían pasado por todo: la capa de ozono, el enfriamiento global, el calentamiento global…) pero cuando llegó el cambio climático se dijeron ¡hasta aquí hemos llegado! Y dejaron la ciudad. No se fueron muy lejos, que tampoco era cosa de abandonarlo todo. Encontraron su refugio en un pueblecito serrano a una hora de la ciudad. Allí vivirían tranquilos.
No eran los primeros en llegar. Años atrás se habían establecido allí varias familias que iban con la idea de vivir del campo, pero era una tierra dura y la agricultura no tenía posibilidades. Pequeños huertos con algunas lechugas, coles, tomates pocos y tardíos. Echaron unas cuantas gallinas pero no daba mucho de sí la cosa. Huevos frescos comían todos los días, eso sí, todos todos los días. Enseguida se dieron cuenta de que eso no daba para vivir. Y el ganado tampoco era la solución. Resultó que criar ovejas era mucho más difícil de lo que pensaban. ¡En la tele se veía tan fácil! Para vivir de ellas hacían falta muchas y para eso no estaban preparados. Alguno se gastó los ahorros comprando a los lugareños, esa gente de campo tan buena y honrada y no como los de ciudad: les vendieron las más viejas y como para ellos todas eran iguales, se quedaron sin dinero y sin ovejas. Media docena, por la ilusión más que nada. Y a ver a quien iban a reclamar. Al maestro armero. Y lo mismo con las vacas: con dos vacas no vive una familia. Sólo uno de ellos se había asesorado bien al comprar las vacas, consiguió buenos pastos hasta hacerse en el transcurso de los años con una buena ganadería y como la ciudad estaba tan cerca, tenía todo vendido y a buen precio, que para eso eran vacas ecológicas. Cuando ellos llegaron era el rico del pueblo. Los demás vivían como podían de la artesanía. La que no hacía bolsas de tela hacía cuadros de flores secas o todo tipo de tapetes de ganchillo, de punto de cruz; otros sandalias, cinturones y bolsos de cuero; también estaban los ceramistas, todos muy creativos. Entre eso, las lechugas y las cuatro gallinas sobrevivían.