Dolores del Paso

El juego

A pesar de la lluvia que cae rítmicamente desde primera hora de la tarde, ha cogido el coche para darse un paseo. De vez en cuando le gusta conducir sin rumbo, por el placer de conducir. No está sola. En el asiento de atrás se remueve un poco Merlín, su perrito miniatura, hasta que se acomoda y duerme plácidamente. Por las calles cercanas la gente se mueve de un lado para otro, grupos de jóvenes que cambian de local, parejas mayores que salen de cenar, o del teatro, o del cine, incluso algunos ancianos que se recogen tarde. Según va alejándose del centro, las calles se ven cada vez más vacías. Callejea tranquilamente, sin prisa, pero no quiere quedarse por allí, se dirige hacia la M40 dónde puede conducir más libremente, sin semáforos, sin cruces. Cuando se incorpora a la M40 el tráfico es fluido; todavía circulan coches de los que vuelven a casa en los barrios o en los pueblos limítrofes. Circulan deprisa, tienen ganas de llegar a casa, ponerse el pijama y sentarse a ver la tele un rato antes de ir a dormir. Es jueves, así es que no quedarán muchos dentro de un rato, mañana hay que trabajar. Ella no tiene prisa, se coloca en el carril derecho y se centra en la música que está sonando hace rato pero a la que hasta ahora no ha prestado mucha atención; le interesaba más la gente en las calles que la música. Pero ahora está sola, Merlín duerme y la música es su mejor compañía. Suena Wish You Were Here, de Pink Floyd. Esta canción le trae recuerdos de hace muchos años, cuando era tan jovencita. Su hermano rasgueaba la guitarra y juntos canturreaban algunas canciones. Esa era la de la mili. Cualquier canción va asociada a algún momento importante, o no, de su vida. La chica de ayer, la escuchaba mientras estudiaba cuando todos se habían ido a dormir. Al día siguiente a trabajar y luego a la Universidad. Ahora casi no escucha música, o al menos, no tan atentamente. Sólo cuando va sola en el coche. Le gusta escuchar las canciones que ponen en la radio. Es una sorpresa; bueno, no tanto, como siempre pone la misma emisora, las canciones son casi siempre las mismas, algunas las ponen incluso a la misma hora todos los días. Muy curioso. Pero una pequeña sorpresa sí es. De algunas se sabe la letra y las canta a grito pelado. Es el único sitio donde puede cantar a todo lo que le da de sí la garganta, que cada vez es menos.

Sin darse cuenta se ha quedado sola en la carretera. Ni por delante ni por detrás ve ningún coche “¡Qué raro, piensa, se han ido todos”. Acelera bruscamente y sale en persecución de alguien que le haga compañía. Por la derecha se incorpora un coche y se cambia al carril central para ponerse a su altura. El coche acelera, y ella también.  Acelera de nuevo y ella le sigue hasta colocarse de nuevo a su altura. El conductor debe de estar mosqueado. ¿Qué hace este imbécil? Se estará preguntando. Pero ella no ceja. Reduce la velocidad el otro coche y ella también, hasta que es ella la que acelera dejándole por un momento atrás. El tipo se lanza en su persecución hasta que se pone a su misma altura. Ahora es él el que circula por el carril central. De repente aparece otro coche por el carril izquierdo que se pone a la altura de los dos. Seguramente se ha percatado de lo que hacían los dos coches y ha decidido unirse al juego. Durante un instante los tres coches van a la par, hasta que el último en llegar acelera y sin pensárselo mucho salen los dos en su persecución. Siguen los tres solos.

Algún coche se ha incorporado pero se han ido quedando atrás. Ahora es ella la que va en el carril central. Cuando se alcanzan, enciende un momento la luz interior del coche, y los otros dos coches hacen lo mismo. Ve sus caras de sorpresa. No se podían imaginar que el coche que inició el juego lo condujera una mujer que podría ser su madre. Los otros conductores son dos jóvenes con el pelo muy corto, a uno de ellos le brilla un pendiente en la oreja izquierda. Visten prácticamente igual, con camiseta y sudadera una azul, la otra granate. Le sonríen y les sonríe. Apagan las luces y de nuevo se lanzan en la oscuridad de la noche en busca de la nada. El juego continúa. Van cambiando. A veces se adelanta uno y a veces otro. No tiene interés en ser los primeros. Les gusta el juego. Así, con una cadencia similar al ritmo de la lluvia, van haciendo kilómetros. ¿Qué música llevarían ellos? Quizás escuchan la misma emisora que ella y en este momento los tres cantan al unísono Sweet Child O' Mine de Guns N' Roses, o quizás uno escucha a Twenty One Pilots o a Artics Monkeys y el otro a Leiva, o los dos prefieren el trap, con sus letras de pesadilla. Sus hijos tenían gustos muy distintos aunque escuchaban lo mismo que ella o su padre cuando eran pequeños; ahora salvo excepciones, su música no le decía nada.

Ahora que pensaba en sus hijos, le pareció que el viaje había llegado a su fin. Era la primera vez que hacía algo así. Una locura que tenía que terminar.  Ya había recorrido bastante. Se quedó un poco rezagada para hacerles una seña con la luces. Se acercó de nuevo y cuando estuvieron juntos encendió de nuevo las luces interiores y les hizo un gesto de despedida a la que respondieron con el mismo gesto y una sonrisa. Se adelantó y en la primera salida se desvió. Vio los cambios de luces largas y cortas como despedida. No tenía muy claro dónde había salido, pero no había mucha pérdida. Tenía gasolina suficiente en el depósito, así es que no tenía problema. Ya llegaría. Desde que se separó dormía muy poco. No es que sufriera demasiado con la separación, la cosa con su marido había dejado de ser una historia de amor mucho tiempo antes de la separación, pero la preocupación de sacar adelante a un adolescente y una preadolescente muy avanzadita no la dejaba descansar. No es que su ex marido abandonara a los chicos, no, era un buen padre, pero la sensación de estar sola ante el peligro la atenazaba. Con cuatro o cinco horas de sueño tenía suficiente. No tenía que levantarse antes para preparar desayunos o estar pendiente de que se llevaran todo lo que necesitaban. El chico ya se había independizado. Terminó sus estudios y, por suerte, encontró trabajo y novia en relativamente poco tiempo. La niña estaba de Erasmus en Francia y todavía le quedaban unos meses para volver. De ahí sus escapadas nocturnas, o diurnas. No dependía de la hora, sino del momento en el que la soledad la abrumaba. Esta escapada le servía para aguantar un poco más. Lo suficiente. Hasta la próxima.

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