Alejandra C.

Los nombres
Habían elegido la vida natural para sus hijos, la vida sana, la tranquilidad, huían de la destrucción del mundo. Habían pasado por todo: la capa de ozono, el enfriamiento global, el calentamiento global…) pero cuando llegó el cambio climático se dijeron ¡hasta aquí hemos llegado! Y dejaron la ciudad. No se fueron muy lejos, que tampoco era cosa de abandonarlo todo. Encontraron su refugio en un pueblecito serrano a una hora de la ciudad. Allí vivirían tranquilos.
No eran los primeros en llegar. Años atrás se habían establecido allí varias familias que iban con la idea de vivir del campo, pero era una tierra dura y la agricultura no tenía posibilidades. Pequeños huertos con algunas lechugas, coles, tomates pocos y tardíos. Echaron unas cuantas gallinas pero no daba mucho de sí la cosa. Huevos frescos comían todos los días, eso sí, todos todos los días. Enseguida se dieron cuenta de que eso no daba para vivir. Y el ganado tampoco era la solución. Resultó que criar ovejas era mucho más difícil de lo que pensaban. ¡En la tele se veía tan fácil! Para vivir de ellas hacían falta muchas y para eso no estaban preparados. Alguno se gastó los ahorros comprando a los lugareños, esa gente de campo tan buena y honrada y no como los de ciudad: les vendieron las más viejas y como para ellos todas eran iguales, se quedaron sin dinero y sin ovejas. Media docena, por la ilusión más que nada. Y a ver a quien iban a reclamar. Al maestro armero. Y lo mismo con las vacas: con dos vacas no vive una familia. Sólo uno de ellos se había asesorado bien al comprar las vacas, consiguió buenos pastos hasta hacerse en el transcurso de los años con una buena ganadería y como la ciudad estaba tan cerca, tenía todo vendido y a buen precio, que para eso eran vacas ecológicas. Cuando ellos llegaron era el rico del pueblo. Los demás vivían como podían de la artesanía. La que no hacía bolsas de tela hacía cuadros de flores secas o todo tipo de tapetes de ganchillo, de punto de cruz; otros sandalias, cinturones y bolsos de cuero; también estaban los ceramistas, todos muy creativos. Entre eso, las lechugas y las cuatro gallinas sobrevivían.


Los que habían llegado en los últimos años, funcionarios de todo tipo, profesores, sobre todo profesores, fotógrafos, profesiones liberales en general (como ellos), habían aprendido de los primeros y no habían dejado sus trabajos en la ciudad. Todos esperaban con ansia la jubilación a sus treinta o cuarenta años. Tenían que soportar la ciudad durante unas horas, pero disfrutaban el resto del día en plena naturaleza.
Había sus discusiones porque los vegetarianos, y no digamos los veganos, no soportaban a los de las gallinas y menos a los de las vacas que campaban a sus anchas por el pueblo. Rompían las cercas, cagaban por las calles y se comían el producto de sus huertos que con tanto ahínco cuidaban. Las refriegas eran constantes.
Sólo había una cosa en la que todos estaban de acuerdo: los nombres. Todos habían salido de la ciudad dispuestos a crear un nuevo mundo para sus hijos. Los niños eran la nueva era. Había que cambiar desde el principio, y lo primero es el nombre.
Por supuesto, predominaban los nombres de la naturaleza: Tierra (o el más intelectual Terra), Luna, Río, Alameda, Arroyo; pero como la pretensión era volver a las raíces, también les ponían nombres antiguos, pero con tintes modernos que estamos en el siglo XXI. Así te encontrabas con un precioso Eustakiano (Eustakio es demasiado corto), un Patroklo (siempre con K, por supuesto), Kintalecio o mejor Kintaleciano/a. Tampoco podían faltar los nombres musicales: Nostropiano, Miaviola, Clavicordia/o. Ni las plantas, las flores, muchas flores: el ambivalente Geranio, Enebro (Amapola como Acacia ya estaban muy vistos, sólo los llevaban las hijos de los más veteranos). Y los especiales. Gerdúndula, Gerdundulacea (cuanto más largo mejor). Ni los orientales, por supuesto: Naisha, Inay, Devendra.
La noticia de su embarazo llenó de alegría al pueblo. El índice de nacimientos era prácticamente el mismo que el de la ciudad. Cada pareja tenía uno o dos como mucho. Todo el mundo estaba pendiente de ella.
-Tienes que comer mucho jengibre con miel; aparecía en la puerta Luz (en realidad se llamaba Carmen) con un cuenco.
- Y dátiles; Lola, con una cestita
- Te acompaño a andar tus dos horas diarias; Luz de nuevo, en chándal.
- ¿Parirás en casa, no?
- Qué nombre le vais a poner
- No sabemos todavía. Cuando sepamos si es niño o niña lo decidiremos

- Sería más natural que parieras en casa
- ¿Ya sabes lo que es?
-Todavía no
- Vas el jueves a la ecografía, ¿ya te lo dirán verdad?
- No sé
No había tregua.

Cuando le dijeron que era niña todas se abalanzaron sobre ella.
-Por fin, ¿cómo la vais a llamar?
-Hasta que no nazca no lo quiero decir, por si acaso.
- ¡Pero si todo va a ir bien!, puedes decirlo, no te preocupes.
- No todavía no.
Cuando volvió del hospital con su niña en brazos se vio rodeada de caras sonrientes que le decían cosas bonitas a la niña.
- ¡Qué bonita!
- ¿Es preciosa, cómo se llama?
Y ella callada.
Su marido se la llevó adentro. Tiene que descansar les dijo.
Aguantó unos días más, hasta que lanzó el bombazo
- Por fin, ¿cómo la vais a llamar?
- María, respondió ella con un hilo de voz
- ¿María?, ¿estás loca?
- Imposible. Nosotros hemos venido aquí a cambiar el mundo, a acabar con la superstición, con la religión que es el opio del pueblo. No puedes ponerle ese nombre a tu hija.
- Pero si es muy bonito, a mí me gusta
- Es nombre de Virgen, tu actitud es retrógrada.
- Pero si es muy bonito.
Le dieron muchas opciones: Montaña, Manantial, Moraima, si es que tenía que empezar por M; incluso Mar, aunque pegara poco con el paisaje.
- Que no, que me gusta María y además así se llama mi madre.
La presión era tan fuerte que hasta su marido, viendo la animadversión que sentían por ella, intentó convencerla.
- El nombre no es tan importante, hay otros muy bonitos: Enredadera, Campanita.
La mujer le miraba con cara de asombro, pero se le salieron los ojos de las órbitas que cuando le oyó decir Romera.
- ¡Romera tu madre!
Cuando más feliz se sentía era paseando por la ciudad empujando el carrito de María, sin que nadie la importunara, aunque todavía le temblaban un poco las piernas cuando se acercaban y le decían ¡qué bonita!, ¿cómo se llama?

 

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