Carta de una rica a Carmena

Querida Carmena:

¡Cuánto siento que te hayas ido! Te escribo estas líneas para darte las gracias por todo lo que has hecho por mí. ¡Qué pena, con lo bien que me iba contigo! Has cambiado mi vida. Vivía, se puede decir, exiliada en La Moraleja, hasta que tú decidiste eliminar de un plumazo los obstáculos que me impedían disfrutar de Madrid. Con lo que a mí me gusta salir de compras, ir al teatro, a comer con las amigas, pasear por la Gran Vía, y no me quedó más remedio que irme a vivir a La Moraleja, lo más cercano a un cementerio que conozco. Bueno, hay cementerios muchos más divertidos que La Moraleja. ¡Qué soledad! Sólo podía salir con mi chófer, con lo que a mí me gusta la libertad (teniendo en cuenta que lo paga mi ex, imagínate. Aunque le sale barato: chófer e informante por el mismo precio). Enclaustrada llevo más de 20 años. La ciudad se había convertido en un infierno con tanta contaminación, tanto ruido de coches, con lo ecologista que soy yo y amante de la vida sana. Y llegaste tú, tan comunista, arropada por esos niños tan monos (Errejón me encanta, qué pijo tan bien educado), y en un plis plas todo arreglado.

Según te escribo, levanto la cabeza y desde la terraza de mi ático veo esta magnífica ciudad con sus tejados rojos, las cúpulas que sobresalen por encima de los edificios, su cielo azul. Imponente. Y abajo la gente paseando por esas grandes aceras sorteando a los manteros, que le dan ese punto tan exótico, vendiendo bolsos. Algunos he comprado, que como soy rica todos piensan que son de verdad. Es lo que mejor que tiene ser rica: haces lo que te da la gana. Y  me ahorro un montón de pasta porque nadie duda de que sean de verdad, y aunque alguna se dé cuenta no dicen nada porque vete tú saber los que han comprado ellas.

Y cuando cojo el coche ¡qué gozada! Ni un atasco. Sólo necesito al chófer cuando tengo que ir a algún punto alejado de la ciudad. Por el centro me muevo con mi híbrido y voy a donde me da la gana. Y me da la gana ir muchas veces a casa de mi fisio con el que tengo una relación “muy íntima”. Mi ex debe de estar rabiando. ¡Ay! Perdona que no quiero aburrirte con mis interioridades. Retomo el tema. Aparco donde quiero ¡qué maravilla! También me ahorro en eso. Me sale más barato pagar los aparcamientos que al chófer todo el mes. Qué tampoco está la cosa para despilfarrar (aunque lo pague mi ex). Y eso que desde que eres alcaldesa he multiplicado mis ingresos por no sé cuánto. Los 15 pisos que tengo alquilados (algunos menos que Wyoming, no te creas), me dan dos o tres veces más que antes. Claro, todo el mundo quiere vivir en el centro, ahora sin contaminación y sin coches, y tienen que pagarlo. Por cierto, está llegando gente muy cool, y no  como la de antes. Estoy rodeada de artistas. Mi vecina, Cristina no sé qué (nunca me acuerdo de su apellido, ¡es tan raro!), es una activista de la bici, está feliz, de poder ir a todo los sitios con su bici sin peligro y sin tragar humos ajenos. Como ella dice: por fin una ciudad habitable; aunque hayamos tenido que luchar tanto para conseguirlo, merece la pena.

Mis hijos también están felices. Fíjate que se tuvieron que hacer okupas los dos, porque claro, se perdían actividades por vivir tan lejos. Para ver a los amigos tenían que pasar las noches en casa de uno o de otro, o dejarse su paga en taxis. Y para ir a la Universidad ni te cuento. Una odisea. Tienen su coche pero los coches necesitan gasolina y yo nunca les he querido malcriar. Lo necesario sí, pero lo superfluo se lo pagan ellos o su padre, vamos su padre. Ahora están felices. Son muy ecologistas y amantes de la vida sana como yo. Alfred siempre vota a Podemos; creo que incluso está en alguno de los círculos porque dice que hay que trabajar por el bien común. Eugenia es animalista. Adora a sus gatitos y sus dos perritos. Hasta gallinas teníamos en La Moraleja. Estaba empeñada en traerse al menos dos aquí, pero me he negado en rotundo. Se las ha llevado a la casa okupada. Además allí están más acompañadas. Estoy encantada con los dos. Me gusta que sean tan altruistas y defensores de los derechos humanos, animales incluidos. ¡Qué mal lo pasaron cuando tuve que desalojar (qué fea tan palabra, desahuciar) a unos cuantos inquilinos!, pero no me quedó más remedio. Me pagaban menos de la mitad de lo que me pagan ahora. Les hice entender que llevaban razón los dirigentes de sus partidos preferidos: la caridad no es la salida. Y lo entendieron, pero ¡qué mal lo pasaron!

Sé que todo seguirá igual, que los nuevos que han llegado al Ayuntamiento no van a cambiar nada de lo que tú has hecho, que la gente que venga de los barrios lo hará en metro o en autobús (que lo de la bici no lo veo yo para los jubilados); y si quieren venir en coche, que se compren un híbrido como hacemos los demás. Habrá quien diga que no todo el mundo puede comprarse un coche, y supongo que es verdad, pero es que no todos podemos hacerlo todo.

¡Ay, Carmena, Ay Carmena! ¡Que disgusto tengo! A ver si nos encontramos en algún teatro, o café del Madrid Central y te presento mis respetos personalmente. Puedes venir en metro o en autobús (no sé si lo sabes, pero ahora que estás jubilada te sale baratísimo).

Firmado: Una rica agradecida

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