Alejandra C

Una muerte ridícula. La gallina

La  suya era una casa de puertas abiertas. No había manera de mantener una cerrada, porque su perrito la perseguía por toda la casa. La puerta del dormitorio tenía que estar abierta porque el perrito dormía en la cunita al lado de su cama y por la noche se levantaba a beber agua y durante el día entraba a echarse una siestecita de vez en cuando. La de la cocina porque el perrito entraba a ver conseguía algo de comer cada vez que veía movimiento, incluso si no lo había, por si acaso había caído algo al suelo. Si entraba al baño, ahí estaba él, tumbado en la alfombrilla que utilizaba cuando salía de la ducha, pero si le caía algo de agua se iba corriendo y no era plan de salir de la ducha para abrirle la puerta. Total, que no había manera de mantener una puerta cerrada. Ya se había acostumbrado y no las cerraba nunca, ni siquiera cuando su perrito pasaba el mes correspondiente en casa de su ex marido. Eran muy civilizados, un mes en casa de cada uno. A rajatabla.

lagallinaEl problema eran los portazos cada vez que se abría una ventana. Unos portazos  que la pillaban desprevenida y la sobresaltaban.  A veces se cerraban todas a la vez y el zambombazo era estrepitoso.

Les ponía lo que pillaba para sujetarlas,  pero buscaba algo bonito y buscando buscando, por fin lo encontró. En un  mercadillo vendía una señora animalitos de tela rellenos de arena hechos justo para eso. Le gustaron las gallinas. Las ocas eran demasiado altas. Se fue tan contenta a su casa con media docena de gallinas. La casa se convirtió en un gallinero muy colorido. Menos mal que no piaban, porque la escandalera habría sido mayúscula.

Ruido no hacían, pero se movían como Pedro por su casa. En cuento habrías una puerta te encontrabas con una gallina. Le daba una patadita y volvía a su sitio, pero siempre había alguna en medio.

Ese día no la vio. Tropezó con la gallina, y ¡zas!, la primera en la frente, literal. Cayó todo lo larga que era. El porrazo no fue descomunal, el problema es que salía con un vaso en la mano y al romperse se clavó uno de los trozos en el cuello. Consiguió a duras penas medio levantarse, pero se escurrió con la sangre que le salía a borbotones y ... ¡zas!, la segunda, también en la frente. Allí tumbada con la gallina mirándola fijamente con su ojo redondo, pensaba en lo ridículo de la situación.

Su vida había sido bastante rutinaria. Siempre había sido muy estudiosa. Había salido muy poco. Al terminar la carrera se había preparado las oposiciones a Inspección de Hacienda, y tampoco había tenido mucho tiempo  para hacer muchos amigos, y los que tenía, sobre todo los de la Facultad, eran tan animados como ella. La discreción había sido su norma. La mayor aventura de su vida fue casarse y descasarse. Un divorcio que, como no había hijos por medio, no resultó demasiado traumático. Se podría decir que su vida había tenido pocos altibajos, una vida tranquila, que ahora mismo le parecía una vida de mierda.

Y ahora, al final, después de una vida tan discreta, se veía así misma en la primera página de los periódicos y en grandes titulares: “Muerta por una gallina”. El cachondeo sería generalizado. La consideración que la tenían los que la conocían, se acababa con la gallina. Pensaba en el entierro. Todos callados, serios, condolidos hasta que a alguno, más bien alguna, Elena para ser más concreta, se le escapara una sonrisilla y estallarían en carcajadas todos los demás. Se retorcerían de risa a costa de su muerte ridícula.

Mientras pensaba en lo que iba a suceder, intentaba alcanzar la gallina, pero el esfuerzo era demasiado grande. Aun así insistía, e insistiría hasta que le quedara un hálito de vida.

Cuando la encontraron, nadie entendía nada. La mujer, tendida en el suelo sobre un gran charco de sangre,  con una mano agarraba por el cuello a una gallina de tela tan fuertemente, que el forense tuvo que descuartizar a la pobre gallina para quitársela; los dedos  índice y corazón de la otra mano formaban la V de victoria. En su cara asomaba quizás una sonrisa y se adivinaba una cierta sensación de triunfo.

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