Dolores del Paso

12-6-2020

El niño que arrancaba de la boca las ovejas a los lobos

                   Para Mari, con cariño

Se habían reunido los amigos en su casa. Vísperas de Navidad. No se veían habitualmente pero se conocían desde la adolescencia, e incluso antes, como Mari y Ángeles, que mantenían una relación desde que nacieron, el mismo año con una diferencia de cinco meses, en el mismo barrio y a unos veinte metros la una de la otra. Habían pasado la infancia  juntas, luego sus vidas se separaron, no tanto en la distancia, las dos seguían viviendo en el mismo barrio, como en los intereses. Habían seguido caminos distintos. A Mari no le gustaba estudiar y en cuanto pudo se puso a trabajar. A pesar de que le encantaba su trabajo, lo dejó cuando, con el tiempo, había formado una familia con Jesús; tenían dos hijos, ya veinteñeros, chico y chica. Ángeles se había empeñado en estudiar, en parte por salir del barrio, aunque nunca saliera de él, y por conocer mundo, que tampoco había sido para tanto. Siempre se tuvieron cariño. Ángeles admiraba profundamente a su amiga, una de las mejores personas que había conocido nunca. Mari tenía una fuerza, un genio que le hacía ser capaz de cualquier cosa. La más fuerte, la más decidida, audaz, sin miedo a nada, que conseguía arrastrar a las amigas a las aventuras más intrépidas. Tenía carisma. Dijera lo que dijera, hiciera lo que hiciera, ahí estaban todas siguiendo su rastro. Y muy generosa. Y, encima, la más guapa. Una belleza, que en la adolescencia se convirtió en explosiva. No había mirada que no se detuviera en ella. A Jesús lo conoció Ángeles cuando él y Mari comenzaron su relación tantos años atrás.

Allí estaban reunidos, hablando de todo y de cualquier cosa, en conversaciones cruzadas, dispersas, hasta que sin saber cómo, Jesús comenzó a contar una historia que dejó todos los temas al margen.

“Mi hermano le arrancaba de la boca las ovejas a los lobos”. Así comenzó; nadie dijo una palabra hasta que terminó.

“Vivíamos en el pueblo (todos sabían que era de un pueblo de Ávila al que le encantaba ir los fines de semana y todo lo que pudiera en vacaciones; allí era feliz), mis padres, mis dos hermanas y mi hermano, cinco años mayor que yo. Yo era el más pequeño. Mi padre era pastor y pasaba la semana en el campo con las ovejas. Dormía en una cabaña al lado del redil. Volvía los domingos a casa para lavarse, cambiarse de ropa, y ver un poco a la familia. Al amanecer se volvía con sus ovejas”.

Su madre se encargaba de la casa y de los hijos. Los mayores iban al colegio. Él era muy pequeño para el cole y se quedaba en casa al cuidado de la madre. Cuando llegaban las vacaciones se iba toda la familia a la cabaña y allí pasaban el largo verano, jugando, correteando por los campos, aunque los mayores también echaban una mano al padre con las ovejas. Las vacaciones de Navidad también las pasaban allí, pero estas vacaciones eran muy diferentes. El frío era terrible y el abrigo muy ligero. Aun así, los niños jugaban en la nieve. Oscurecía muy pronto y se encerraban todos en la cabaña iluminada sólo con unas velas y el resplandor de la chimenea, y allí jugaban a las adivinanzas y los mayores contaban lo que habían aprendido en el colegio. La madre contaba también alguna historia. El padre era parco en palabras, pasaba demasiado tiempo solo con sus pensamientos. A la hora de dormir estiraban un par de colchones. En uno dormían los padres con el pequeño y los demás se acurrucaban en el otro.

LoboenlanievesoloAquella noche nevaba con fuerza, había comenzado por la mañana, aunque todavía suavemente, cuando su padre se levantó al alba y se fue al pueblo a vender unos corderos, creía recordar. Al anochecer el suelo estaba cubierto totalmente con varios centímetros de nieve blanca que contrastaba con el negro profundo del cielo. Estaban recogidos alrededor del fuego, como todas las noches, cuando, de repente, los perros comenzaron a ladrar y se produjo un revuelo en el rebaño. La madre se asomó a la puerta y vio cómo los lobos entraban en el redil y se llevaban las ovejas. Sin pensárselo dos veces, cogió en brazos al pequeño y salió a la negra noche, gritando: “los lobos, vamos”. Su hermano mayor, de unos ocho años, echó a correr y desapareció en medio de la noche, dejando sus pequeñas huellas en la nieve. El niño pequeño, en brazos de la madre, miraba fijamente el fondo negro; las niñas, cogidas de la mano, contenían el aliento; la madre angustiada, gritaba: ¡Manolín, Manolín!, y el silencio absoluto se hacía cada vez más largo. Por fin, apareció una figura pequeña que avanzaba lentamente, hundiendo los pies en la nieve, con una oveja en brazos, con la que apenas podía. Llevaba la cara y los brazos ensangrentados. Sobre él caía, implacable, la nieve. En la inmensidad de la noche, parecía una figura fantasmagórica. “Mi hermano le había arrancado de la boca la oveja al lobo”, decía Jesús con voz queda. El niño dejó la oveja en el suelo, mientras su madre le gritaba: “venga, venga, deprisa, vete a por más". Y el niño se volvió a perder en la negrura de la noche. Varias veces hizo ese recorrido hasta que consiguió traerlas todas, unas en peor estado que otras. Pasados unos segundos, con la emoción en la garganta, Jesús, añadió: “Mi hermano era mi héroe”.

El silencio era total en aquel salón con champán en la mesa. Las lágrimas que hasta ese momento se habían contenido, caían por las mejillas de las mujeres, suavemente. Los hombres quedaron sumidos en el silencio.

Alguien, cuando pudo hablar, dijo: “Con un hermano así, el capitán Trueno, el Jabato, y todos nuestros héroes de los tebeos, quedan a la altura de un mortal cualquiera”. Ningún héroe era comparable a aquel niño que le arrancaba de la boca las ovejas al lobo.

Lo llamativo de esta historia, para cada uno de los que estaban presentes en la reunión, es que la estaba contando un hombre de su edad. No era la historia de su padre o de su abuelo, era la historia de sí mismo. Ninguno de ellos había tenido una infancia confortable, eran chicos de barrio que habían conocido penurias, pero nada era comparable con aquello. Un cuento de Chéjov, una historia de tiempos lejanos que transcurría al lado de Madrid, a finales de los cincuenta. .

Ahora que Jesús no está entre nosotros, estoy segura de que para sus hijos él también es un héroe, porque para salir de ahí hace falta mucho trabajo y mucho coraje, y él lo consiguió. Consiguió crear una una familia, una empresa, y pasar las vacaciones en su buena casa del pueblo, con calefacción en el duro invierno, viendo caer la nieve a través de la ventana. Porque eso no ha cambiado. En invierno nieva como entonces y el frío puede llegar a ser aterrador.

Comentarios   

#1 Mercedes 14-06-2020 00:35
Precioso relato, muy emotivo, bien escrito y real. Yo también mando un beso enorme a mi amiga Mary y un cariñoso recuerdo para Jesús, que nos dejó tan joven y tan guapo.

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