Ángela

A las diez en casa

A las diez en casa era la frase que todas las madres nos decían a las chicas cuando de adolescentes salíamos los domingos a pasar la tarde con las amigas. Era una frase clara y contundente que admitíamos a regañadientes, primero, y después no estábamos dispuestas a acatar. El enfrentamiento era continuo. Si llegabas tarde, el domingo siguiente estabas castigada, pero aun así, no respetábamos la orden. También es verdad que normalmente se quedaba sólo en amenazas.

Por fin, a cierta edad, nos quitamos la maldita frase de encima. Ya éramos mayores y podíamos retrasarnos un poco más.

Y ahora, a estas alturas de la vida, viene el gobierno a meternos en casa a las diez. Porque eso es lo que pretende Pedro Sánchez con esta ley que, como todas, se ha sacado de la manga.

Nunca he pasado miedo en el centro de Madrid. Sea la hora que sea, la ciudad está inundada de vida con todos esos escaparates encendidos. Jóvenes y viejos se pasean por sus calles como si fueran las cinco de la tarde. Sólo había un momento malo cuando salía por la noche y volvía al barrio después de dejar a las amigas: el recorrido del metro a casa. Ahí si pasaba miedo porque los pocos comercios del barrio no dejaban las luces de los escaparates encendidas. Sólo las luces de las farolas alumbraban el camino. Cuando las luces se apagan, la ciudad da miedo.

Todos los amigos que vienen a Madrid se sorprenden de la cantidad de gente que se mueve por sus calles, sea la hora que sea. Y esto no es nuevo, viene de muchos años atrás. Hace años era más chocante todavía. Los amigos que vivían en París, por ejemplo, llegaban aquí y no entendían cómo a las doce de la noche y la una y las dos de la madrugada el centro de la ciudad estaba tan concurrido. Lo que más les llamaba la atención es que no se trataba de jóvenes solamente, también había gente mayor paseando. “¿Pero cómo es posible? ¿Qué hacen en la calle a estas horas?” “Han salido del teatro, del cine, o de cenar y se están dando un paseo antes de volver a casa”, les respondías. Es normal. En París, en Roma eso no lo veías nunca. Al cerrar los comercios la gente desaparecía como por ensalmo; quedaban algunos jóvenes y poco más.

Así es que tenemos la orden de volver a casa a las diez y si no castigarán a los comercios con multas absurdas por exageradas. Nuestras madres eran más sensatas hasta con los castigos. Sabían que no se pueden pedir imposibles porque nos podíamos revolver.

Pero es que estos han venido a cambiarnos la vida. No sólo nos quieren más pobres (y lo están consiguiendo), nos quieren cambiar las costumbres. Nos quieren domesticados. Por eso el presidente no se quita a chapita de la Agenda 2030, la de “no tendréis nada pero seréis felices”, para que quede claro que va a cumplir las órdenes a rajatabla.

Me imagino a estos piezas reunidos dentro y fuera del Consejo de Ministros, con el jefe, corbata en mano para ahorrar energía (también se la quita en el Falcon) al frente, diciendo:

“Vamos a ver cómo podemos joder a esta gente”. “Pues sacamos un decreto ley obligándolos a estar encerrados en sus casas tres meses”. “¡Qué buena idea!". Aplausos.

“También podemos obligarlos a ponerse mascarillas durante dos años o tres los que nos parezcan”. “Perfecto”. “Da igual que dentro de un tiempo sean declaradas inconstitucionales, el daño ya lo habremos hecho”.

Cartelgordas “¿Y ahora qué? “Vamos a dejar que las gordas vayan a la playa”, dice la Maripuri. “Pero si eso lo llevan haciendo toda la vida”. “Ya, pero no sabían que eran gordas y que por eso estaban discriminadas. Pagamos una pasta a algún amiguete y hacemos una campaña de publicidad para que se den cuenta de que pueden ponerse el bañador en la playa y no pasa nada. Total la pasta gansa van a pagarla ellos (ahí sí entran los gordos), las gordas, los flacos y las flacas. Hasta las multas por nuestros estropicios van a pagar". “Pues adelante con los faroles”.

 “Y ahora les vamos a dar con otro decretazo ley en toda la cara y les vamos a obligar a bajar el aire acondicionado, pero sólo a los comercios y otras empresas, que las familias se encargan ellas mismas de bajarlo, más bien no ponerlo, el que lo tenga, porque no les da para pagar la luz, bastante tienen con poder pagar la comida”. “No sé, jefe, eso es un poco exagerado con el calor que hace. El Corte Inglés ha salvado muchas vidas”. “Eso es verdad, calor hace, mira la cantidad de incendios que estamos sufriendo con el cambio climático”. “Pero qué cambio climático ni que ocho cuartos, si el 90% por ciento de los incendios son provocados” (mira tú, un agente provocador). “Ya, pero nosotros les estamos diciendo veinticuatro horas al día a través de nuestros medios de comunicación que los incendios los provoca el cambio climático y los vamos a convencer de que así es, y punto. (El provocador asiente, le ha durado poco la duda).

 “Y también les obligaremos a bajar la calefacción”. “¿La calefacción? Si estamos en verano”. “Ya llegará el invierno”. “Pero, hasta cuándo vamos a mantener las restricciones? “Pues no sé, seis meses, ocho meses. A ver, estamos en agosto, pues hasta octubre del año que viene”. ¿Más de un año? Pero si eso no lo va a hacer ningún país. “Ya, es que en otros países la gente sale a manifestarse en contra de las decisiones de sus gobiernos, ya has visto a los agricultores holandeses cortando carreteras con sus tractores y enfrentándose a la policía. Aquí, estos tragan con todo lo que les ordenemos”. Asentimiento generalizado y aplausos al jefe que mira de mala manera al agente provocador. ¡Anda que vas a durar tú mucho!

Y así, ocurrencia tras ocurrencia van sometiendo a los ciudadanos que siguen pagando uno tras otro los disparates de estos ineptos.

Y encima, queriendo convencerte de que no puede ser de otra manera, que tenemos que apagar las luces y bajar el aire acondicionado y la calefacción por el gas ruso. España no ha dependido nunca del gas ruso porque lo recibíamos de Argelia, pero claro, estos elementos obedientes de los que de verdad mandan, abandonan a los saharauis a su suerte después de cuarenta años apoyándolos y los dejan en manos de la dictadura marroquí, enemiga de Argelia, y los argelinos cortan el suministro del gas, y lo mandan a Europa por Italia, y ahora ¡hay que comprárselo a los rusos!, y a los yanquis a precios desorbitados. ¡Esto sí que es hacer un pan como unas hostias! Las hostias nos las dan a los ciudadano, que estos que se reúnen cobran una pasta por arruinarnos la vida.

 

Nota. Ni que decir tiene que el agente provocador es pura ficción. La adhesión al gran líder es total y absoluta, porque, ya se sabe: el que se mueve no sale en la foto.

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